Blog creado en memoria de Alberto Sánchez Millán, Presidente de la R.S.F.Z. (17/02/2007-06/10/2009)

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Fotografia de Alberto Rodrigálvarez

miércoles

Nunca se sabe. El tío Alberto y nosotros. por LUIS ALEGRE

Alberto Sánchez Millán fue un formidable activista cultural durante cuatro décadas y estaba en todos los lugares que olían a cine.

Hace unos días perdí a un gran amigo. Se llamaba Alberto Sánchez Millán y lo que más le gustaba en esta vida era que una chica se riera con sus chistes. Además, fue un formidable activista cultural durante más de cuatro décadas. Tenía 66 años. Sea cual sea su edad cuando nos dejan, siempre nos parece que los seres queridos, se van demasiado pronto.

Lo conocí nada más llegar yo a Zaragoza, en 198ü.Me lo encontraba todo el rato en los cineclubs. Enseguida reconocí a Alberto como uno de los de mi calaña. La palabra 'fríki' aún no estaba de moda pero eso es lo que éramos Alberto y yo, unos frikis del cine.

Un sábado del otoño del 83 nos hicimos amigos. Manolo Rotellar -un gigante de la cultura aragonesa y, por cierto, otro gran friki del cine me había animado a ir Calanda a un homenaje a Luis Buñuel. Viajamos en el coche de Alberto, un 'cuatro latas' del que tardó muchos años en deshacerse. Hasta ese sábado nos conocíamos, simplemente. Desde entonces, nos comenzamos a buscar. En, todas las relaciones hay un día así, un día desde el que te empiezas a buscar.

Rotellar murió en enero de 1984 y eso nos acercó aún más: yo creo. que quedábamos para tratar de hacer más llevadera la ausencia de Manolo, aquel tipo increíble que grababa el sonido de las películas en cintas de: cassette. Una tarde, Alberto me propuso acompañarle a Sos del Rey Católico para hacerle una entrevista •a LUIS García Berlanga. Se rodaba 'La vaquilla', hace ahora 25 años. Acepté de inmediato. Yo nunca había ido a un rodaje y Berlanga era Berlanga. Alrededor de Alberto conocí a mucha gente: a su hermano Julio, a su madre, a sus amigos del cine aragonés o a leyendas como José Luis Sáenz.de Heredia o Imperio Argentina. Sáenz de Heredia nos contó en el Gran Hotel cómo Luis Buñuel le salvó la vida durante la Guerra Civil. Y un día., en Logroño, en presencia de Bernardo Sánchez, Alberto me provocó para que le entonara 'Rocío' a Imperio Argentina. Lo hice y Malena me acompañó. Como para olvidado.

Alberto era un ácrata ilustrado de izquierdas que por las mañanas trabajaba en Ibercaja y que por las tardes dirigía el Gandaya, el cineclub arropado por la CAl. Alberto iba por libre. A mí me da la sensación de que casi siempre hizo lo que le dio la gana. Y esa es una manera muy rotunda de triunfar en la vida.

Estos días he repasado unos volúmenes con tapa verde que Alberto editó durante años con la memoria de actividades del Gandaya. Eso me ha hecho recordar las decenas de películas que vi a su lado. Y, después de cada película, una cena, en Casa Emilio, con esas chicas a las que adoraba hacer reír.

Alberto estaba en todos los lugares donde olía a cine. Y escribía de cine, de literatura, de fotografía, de comida, de la vida. Lo hacía con erudición, elegancia y sarcasmo, mucho sarcasmo. Alberto era el único que utilizaba el término 'cineísta' y el único que pronunciaba el apellido de John Huston como 'Uston'. Tenía gracia, el tío Alberto.

El amor al cine es un trastorno que da mucha felicidad pero también es fácil que contribuya a desvirtuar la realidad. Las películas te pueden hacer creer que las cosas son como no son. A Alberto y a mí, por ejemplo, la pasión por el cine nos hizo sentir que era posible que,. en la "realidad", existieran mujeres como Ingrid Bergman que, toma castaña, se pudieran enamorar de nosotros.

El cine atrae mucho a los frikis porque, dentro de una sala, hipnotizados por una película, los frikis se sienten seres normales, aceptados, acompañados, reconfortados, enamorados y correspondidos. Yo identifico a un friki del cine al primer golpe de vista. Cómo no, si ya digo que fui -soy- uno de ellos.
"El cine atrae a los frikis porque en una sala se sienten normales"

Alberto me llamó muchas veces en estos 30 años pero casi siempre para darme una alegría. Alberto era el antimarrón. Hacía lo que hacía porque le encantaba hacerle más agradable la vida a la gente. Ahí se detenían sus ambiciones. Alberto era el antiarribista.

Un día horrible, Alberto me confesó su demoledora dolencia, la ELA, una enfermedad degenerativa que iba a acabar con él en. un plazo muy breve. No recuerdo qué salió entonces de mi boca pero seguro que fue una idiotez. Sus días comenzaron a resultar muy complicados. Sin embargo, Alberto nunca dejó de ser Alberto: hace muy pocas semanas, la noche del estreno de 'El último guión', Miguel Mena y yo nos lo encon¬tramos corriendo a toda velocidad por los pasillos de los Aragonia. Se las arreglaba muy bien pa¬ra manejar él solo su silla de ruedas. Con ese tono de tierno cascarrabias tan suyo, Alberto nos explicó que buscaba un puñetero sitio donde poder fumar un pitillo.
“Cualquier día me voy a morir ahogado como un pajarillo”

El pasado 15 de mayo, en La Almunia de Doña Godina, compartí con él una de sus últimas cenas memorables. José Mari Pemán, el director de las jornadas de cine, le había preparado un calidísimo homenaje, que incluyó un vídeo con el fondo de 'Tío Alberto', la canción de Serrat. Un día David Trueba le bautizó así, 'Tío Alberto" y ya no le podíamos llamar de otro modo. Todos sabíamos que era muy probable que esa cena fuera la última de las que solía animar Alberto. En los postres, el tío Alberto se puso en pie e hizo un dis-curso muy divertido. Ese día Nerea Camacho, la niña de 'Camino', cumplía 13 años. Yo le había contado por qué aquel hombre tan simpático iba en silla de ruedas. Y Nerea se lo comió a besos.
Alberto nunca cayó en el melodrama, pese a lo mucho que, en el cine, le gustaba el género. Mirándote a los ojos, te hablaba de su próxima muerte con una extraña naturalidad, ante la que era imposible permanecer a la altura. Te decía: "Cualquier día me voy a morir ahogado como un pajarillo" y, a la mañana siguiente, te escribía y te pedía el teléfono de un director de cine para invitarle a una charla.

Durante un tiempo les pillé tirria a las necrológicas. A menudo me daba la impresión de que, con ellas, se trataba de paliar la mala conciencia de no haberle dicho al que le acababa de morir todo lo que le queríamos. Yo apostaba por escribirlas en vida, en el esplendor del protagonista, para que pudiera disfrutar de los piropos. Pero luego comprendí que las necrológicas no se escriben pensando en el que muere sino en los que nos quedamos. Para subrayar hasta qué punto el que se ha ido va a seguir muy vivo dentro de nosotros

LUIS ALEGRE
Periodista y profesor universitario
 
*Página publicada en Heraldo de Aragón el 25 de octubre de 2009.